La lluvia generalmente nos trae ganas. Ganas de salir de caminata con un impermeable y botas de jebe para chapotear en los charcos. Ganas de tomarnos una manzanilla, acurrucados tibiamente en el sofá a ver una película, aunque no haga frío. Pero la lluvia que cayó en octubre 2007 nos trajo a Claude y a mí tremenda agitación al fallar nuestro sistema de drenaje e inundarse nuestro sótano.
Con una panza de 9 meses de embarazo bajaba y subía los resbalosos escalones de la terraza al sótano para salvar lo salvable: juguetes, mantas, muebles antiguos, mientras que Claude luchaba, cual marino cuyo barco hace agua, para mantenernos a flote. Con gran tristeza y ojos humedecidos encontramos libros viejos, compañeros de media vida, flotando a la deriva.
De mis batallones cayeron Vallejo, Valdelomar, y otros. De los de Claude libros de historia medieval y de la segunda guerra mundial.
Tragándome mi nudo en la garganta me dije que eran nada mas cosas materiales de poca importancia. Supongo que Claude pensó igual porque se quejó poco, aunque sus pocos comentarios fueron también tristes y duros. Yo me repetía esa frasecita, “se van los anillos, quedan los dedos”. Decidimos que no valía la pena ponerle mucho afán a la operación de salvataje siendo que la llegada de nuestro nuevo bebé era inminente. Cuando escampó, Pusimos a los desdichados en la baranda de la terraza. Salió el sol y todo parecía ir más o menos bien hasta que unos minutos después comenzó a llover de nuevo; así que hubo que mudarlos dentro de la casa.
Viendo los libros mojados sobre el contador de nuestra pequeña cocina, me encontré pensando lo que pienso desde hace varios años: que el tiempo pasa y no podemos quedarnos atrapados en el pasado. Me dispuse a hacer como lo aconsejan los anglos: “to let it go”. Pero no pude. Me sentí amarga porque me di cuenta de que esos libros tan queridos yacían polvorientos en el último peldaño del estante del sótano mientras que los libros de lustrosa portada, esos que he disfrutado mucho menos, estaban muy al abrigo en el lindo librero de la sala. Sonreí de mi propia hipocresía, de cómo me da urticaria la gente superflua y sin embargo yo también tengo mis detalles de pequeña burguesa, conservando algunos tomos de Faulkner, Tolstoy y otros famosos en mi biblioteca de la sala mientras que guardo en el sótano los libros de poesía de mis amigos, famosos sólo en mi casa pero que tan queridos en mi corazón. Me puse a pensar en que otras cosas también me estará ganando la hipocresía.
Pasó un día y todavía no daba a luz. Al ver a Claude cabizbajo decidí poner mis energías en salvar aquel texto escolar con grabados que lo inició tan tempranamente en el amor a la historia medieval. Página por página le puse papeles secos para que chuparan el agua. Usé revistas, periódicos, anuncios publicitarios. Pronto se me acabaron estos materiales. Otro día y no nacía mi niña. Decidí salvar también a Vallejo.
Detesto recibir correo chatarra pero en esos días esperaba con las ansias de otros tiempos, cuando todavía recibía cartas de amigos, la llegada del cartero y me apresuraba a utilizar los catálogos, cupones, ofertas de tarjeta de crédito y todo papel que se cruzase en mi camino para salvar otro libro más.
Mientras tanto nuestra bebé traía ya una semana de retardo. La adrenalina que había acumulado para enfrentarme al parto se diluía con cada día de espera. Los doctores nos monitoreaban con modernos aparatos y fijaron la fecha para una inducción artificial. Dormía muy mal por la panzota, los interminables viajes al baño y las miles de preguntas sin respuesta de cualquier mujer en mi situación. En esas madrugadas desveladas con la cunita vacía, sacaba los papeles húmedos de nuestros libros mojados y les ponía otros secos, como cambiando cientos de minúsculos pañales.
Nuestra salita, por lo general ordenada, se había convertido en un hospital de libros mojados. Aprendí en esa ciencia que los libros de edición más barata y simple son más fáciles de secar. Los libros mas elegantes, los que tienen páginas lustrosas se pegan y masacotean. Como de costumbre, me encontraba preguntándome por qué no es más simple la vida. Por qué no son más simples los libros, las cajas, las cosas. Recordaba la bodeguita de mi infancia, en donde el azúcar y el arroz se envolvían en papel marrón, arrugándole los bordes. Los translucientes caramelos en grandes pomos de vidrio despertaban la ilusión de los niños. Los conos de papel cometa llenos de cocoliche nunca se derramaban, y los huevos envueltos en papel periódico tampoco se rompían. Vivíamos así con más cuidado y nadie se moría de eso. No hacían falta los ziplocks ni los otros sofisticados embalajes de hoy en día.
Ya casi 10 días de retardo y todavía no daba a luz. Pero en lugar de preparar el ajuarcito, de contar los pijamitas y doblar las colchitas, me dedicaba a secar libros mojados, incluso aquellos que no nos importaban tanto como aquel de George Sand y el otro este que quién sabe de dónde salió. Por fin llegaron bienvenidos los dolores anunciando la proximidad del parto. Pareciera que la pequeñuela estaba esperando a que se salvaran todos los libros para nacer.
Cuando Claude nos condujo de regreso a casa desde el hospital, vi que durante mi ausencia él había sacado a todos los pacientes de la sala y se los encontraba bastante reestablecidos en los estantes. Las letras doradas en los tomos de Faulkner, Tolstoy, y Edgar Alan Poe se habían arrimado un poquito para hacer un campito para algunos otros autores menos conocidos en ediciones “añejas.”
La tragedia del sótano no fue tan trágica para nadie, ni para nosotros, ni siquiera para Vallejo quien debe estar revolviéndose en su tumba, exigiendo su destino de sótano inundado, gimiendo: “Me moriré en Albany, con aguacero…” Resulta que está seco, aunque un poco acordeoneado después del incidente, y se encuentra como siempre: “de codos,” pero esta vez en mi cabecera. Entre teta y teta de la pequeña, le hecho una ojeada a esos queridos poemas.
Thursday, April 23, 2009
Tuesday, April 07, 2009
Dear abandoned blog:
Yes you are a victim of facebook and of email, but also of the fullness of life, of the laughs and tiers of children, of the hissing and blending noises in the kitchen, the rush of wine and other liquids down the throat, time spent with family and friends, the occasional so welcomed escapade abroad, the brushing of trees at Tilden and Yosemite, the Limantour crashing wave, the battles for supremacy on the rugged geography of the Monterey market, wonderful inconsequential chitchat with the neighbors while the children wreak havoc on the sidewalks of our small town, hopeless wars against garden weeds and house dust, all of the small things that make the lives of small people worth living. You are indeed a victim, as it is my diary, which deserves no longer its title. My preferred methods of communication these days is by dreams and good vibes.
Tuesday, May 27, 2008
Nuestra Graduada
El gran momento llegó el 17 de Mayo, 2008. Bajo un sol brillante, mi pequeña hermanita Marisol marchando finalmente hacia su diploma y su nueva vida de graduada. Fue muy largo y penoso el camino, lleno de sacrificios y trabajo, pero también de amistad, amor y diversión.
BRAVA!
The big day arrived on May 17, 2008. Under a bright sun my little sister Marisol marched finally towards her diploma and her new life as a graduate. The road was very long and hard, full of sacrifices and work, but also of friendship, love, and fun.
BRAVA!
BRAVA!
The big day arrived on May 17, 2008. Under a bright sun my little sister Marisol marched finally towards her diploma and her new life as a graduate. The road was very long and hard, full of sacrifices and work, but also of friendship, love, and fun.
BRAVA!


Thursday, May 15, 2008
Amigas en el destierro

Una de esas raras situaciones en que estas siete mujeres (más algunas de nuestras crías) nos reunimos bajo el mismo techo y detrás del mismo espejito de una cámara (¿o será que las cámaras digitales no llevan espejo? ¡Exijo una explicación!).
Empezando por la izquierda (a fuerza de la inculcada costumbre de lectura occidental), tenemos a Chelo, la hija de Maica, Anaís recostada sobre su mamá, Susana. Luego está Susana (de Lima), nuestra artista visual, video, pintura, artes plásticas, y todo lleno de corazones por todos lados, pero no esos de tarjeta de San Valentín sino los que llevan sangre, arterias, y laten. Para mí Susana es la goma que nos ha pegado desde el comienzo, en la prehistoria de nuestra amistad que comenzó un día en que los astros estaban cruzados y un grupito de desterrados forasteros locos se coincidieron en la misma caverna: Berkeley Adult School. Adoro su don de entablar amistad profunda inmediatamente, y siento que la conozco de toda la vida.
Luego estoy yo, la autora de este blogcillo de pacotilla. Luego viene Gloria (de Santiago), hablando a mil km por hora, capaz de encontrarle siempre el lado irónico y chistoso de todas las cosas, hasta las más patéticas. Una amiga muy solidaria y generosa, aunque escurridiza. Estoy muy feliz de contarla entre mis amigas.
Con Alex, mi hijito, sobre las piernas, está Meche (de Jalapa), a quien conozco desde hace más de 10 años por una ruta diferente, la de Mills College. Con ella he pasado todo tipo de aventuras. Oreja confidente. Paciencia de santa con los niños y tareas meticulosas. Una de esas pocas personas fuera de tu familia con la que puedes contar en las buenas y en las malas. La compañera ideal cuando te dan ganas de ser niña tú también.
Luego está Camilo, hijo de Lisa. De allí viene Pola (de Santiago), la de los rulos salvajes agachada en el piso. Pola me inspira con su arte de vivir, pintar, reír, amar, odiar. Nuestras conversaciones me dejan pensando en la maraña de la vida, en como todo es tan complicado, sentimientos, el camino por el mundo que elegimos o más bien nos elige, y a la vez todo es simple, los días suceden uno tras otro quieras o no. Aprecio mucho su sentido no-común, su amistad, aun más valiosa en el destierro, y me siento siempre feliz en el seno de su hogar.
De allí sigue Maica (de Cataluña), quien ha danzado y cantado a través de tantos momentos cruciales de estos últimos años, en casas, escenarios, sinagoga y patio de mi casa, sobre la yerba y el duro pavimento de las calles. Qué dulce se vuelve la vida cuando tienes al lado a una amiga como ella, sea que estés por dar a luz o que estés protestando la inminencia de la guerra.
La que tiene a mi hija Camille en los brazos es Lisa. Somos amigas desde hace tan sólo 3 años pero parece que fueran mil. Aunque ella nació y creció en este país, es también una desterrada en al Área de la Bahía, su corazón está tanto o más en Guatemala, Perú y el resto del mundo que aquí, lo que la hace perfecta compañera en el destierro, eso y sus muchas cualidades que me da flojera y envidia de narrar. Sé que la amistad no se agradece pero sí el cariño que ella brinda a los niños.
Por último debo decir que en esta foto falta una persona. Una persona a la que minutos antes de tomar esta foto llamamos por teléfono, Lourdes (de Granada). Lourdes también es parte de esta foto porque en los últimos años ella también ha sido parte de esta linda amistad. Lourdes es la perfecta andaluza, quien vive la vida como quien danza un flamenco: apasionada y temperamental. Siempre dispuesta a ayudar, a hacer bochinche, a ir a ver el mar, lluvia o trueno. ¡Qué huella dejó por aquí! La extrañamos.
Estas son mis amigas en el destierro. Aunque nos hemos conocido ya de adultas, de alguna manera también hemos crecido y viajado juntas, no el viaje con maletas sino otro para el que no necesitas nada material: es el viaje hacia adentro de una misma.
Wednesday, May 14, 2008
nuestra bebe
Tuesday, May 13, 2008
Café Au lait
Ayúdame a continuar esta historia al sugerir aventuras que crees le ocurrirán al personaje principal!
Una mañana pasó un loco y como no había nadie más en la calle a esas horas he debido poner tal cara de espanto que el loco, para entretenerse, me dijo “bú!” y se echó a reír. Yo puse a llorar. Y continué llorando mucho tiempo después de que el loco se fuera hasta que el guardian abrió la escuela, hasta que otros niños llegaron y los maestros comenzaron las clases. Para la hora del recreo ya me había calmado pero a la salida me mandaron con una nota a la casa para que vinieran mis padres. No podían dejarme tan temprano en la puerta escuela. Aunque tuvieran que trabajar muy lejos y muy temprano, no podían dejarme a esperar una hora o dos, en el frío, a que me abrieran las puertas. El guardián se había quejado porque no había día en el que él puediera tomarse unos minutos o hacer algo antes de venir a la escuela porque sino esa niña, yo, estaría afuera a la interperie y no era justo ni para él ni para mí, paraguas o no.
Mis padres peleaban todo el tiempo. Cada cual tenía sus reproches favoritos para hacerle al otro. Este había hecho aquello sólo por darle gusto. Ella había sacrificado tanto. Pues según decían, si seguían juntos era únicamente por mí. Mis amigos de padres divorciados sabían sacarle provecho a la situación. Yo también podría aprender a hacerlo. Me daban ganas de decirles que por mí ni se molestaran y que les apoyaba para que se separaran ya. Pero me ganaba la nostalgia del futuro y me aterraba el pensamiento de que alguno de los dos se fuera muy lejos, o tal vez los dos, y yo abandonada para siempre en la puerta del colegio.
Les propuse una tregua. Dejarme en un café por las mañanas. Uno que no quedara muy lejos de la escuela, y a la hora debida yo caminaría las cuadras que sean, todo con tal de no pasar más horas a la intemperie. Al principio todo fueron negativas. Mi madre decidió pedirle a su jefe que la dejara entrar más tarde a su trabajo. Mi padre tomaría el tren y ella el auto. Ella me dejaría en el colegio y mi padre me recogería a la hora de salida. Todo iba a estar muy bien. Pero al llegar a la casa después del trabajo la cara de mi madre estaba tensa. Esa noche no tocó la cena. Sus ojos aguados me dijeron que temía perder su empleo. La comida sobre la mesa había mejorado tanto desde que ella comenzó a trabajar. Mi madre tenía ropa bonita. Yo, zapatos sin huecos.
El sábado por la mañana los tres salimos a buscar un café cerca de mi escuela. Visitamos varios y tres nos parecieron interesantes. El lunes siguiente me dejaron en la puerta de uno de ellos. Si me hechaban del café estaríamos perdidos así que mi madre comenzó a vestirme para hacerme parecer mayor. El pelo suelto, desarreglado que yo debía componer llegando a la escuela. Los zapatos de mi mamá me quedaban algo grandes pero yo estaba feliz. Anteojos y pelo suelto. Gabán y sombrero feliz.
Una mañana pasó un loco y como no había nadie más en la calle a esas horas he debido poner tal cara de espanto que el loco, para entretenerse, me dijo “bú!” y se echó a reír. Yo puse a llorar. Y continué llorando mucho tiempo después de que el loco se fuera hasta que el guardian abrió la escuela, hasta que otros niños llegaron y los maestros comenzaron las clases. Para la hora del recreo ya me había calmado pero a la salida me mandaron con una nota a la casa para que vinieran mis padres. No podían dejarme tan temprano en la puerta escuela. Aunque tuvieran que trabajar muy lejos y muy temprano, no podían dejarme a esperar una hora o dos, en el frío, a que me abrieran las puertas. El guardián se había quejado porque no había día en el que él puediera tomarse unos minutos o hacer algo antes de venir a la escuela porque sino esa niña, yo, estaría afuera a la interperie y no era justo ni para él ni para mí, paraguas o no.
Mis padres peleaban todo el tiempo. Cada cual tenía sus reproches favoritos para hacerle al otro. Este había hecho aquello sólo por darle gusto. Ella había sacrificado tanto. Pues según decían, si seguían juntos era únicamente por mí. Mis amigos de padres divorciados sabían sacarle provecho a la situación. Yo también podría aprender a hacerlo. Me daban ganas de decirles que por mí ni se molestaran y que les apoyaba para que se separaran ya. Pero me ganaba la nostalgia del futuro y me aterraba el pensamiento de que alguno de los dos se fuera muy lejos, o tal vez los dos, y yo abandonada para siempre en la puerta del colegio.
Les propuse una tregua. Dejarme en un café por las mañanas. Uno que no quedara muy lejos de la escuela, y a la hora debida yo caminaría las cuadras que sean, todo con tal de no pasar más horas a la intemperie. Al principio todo fueron negativas. Mi madre decidió pedirle a su jefe que la dejara entrar más tarde a su trabajo. Mi padre tomaría el tren y ella el auto. Ella me dejaría en el colegio y mi padre me recogería a la hora de salida. Todo iba a estar muy bien. Pero al llegar a la casa después del trabajo la cara de mi madre estaba tensa. Esa noche no tocó la cena. Sus ojos aguados me dijeron que temía perder su empleo. La comida sobre la mesa había mejorado tanto desde que ella comenzó a trabajar. Mi madre tenía ropa bonita. Yo, zapatos sin huecos.
El sábado por la mañana los tres salimos a buscar un café cerca de mi escuela. Visitamos varios y tres nos parecieron interesantes. El lunes siguiente me dejaron en la puerta de uno de ellos. Si me hechaban del café estaríamos perdidos así que mi madre comenzó a vestirme para hacerme parecer mayor. El pelo suelto, desarreglado que yo debía componer llegando a la escuela. Los zapatos de mi mamá me quedaban algo grandes pero yo estaba feliz. Anteojos y pelo suelto. Gabán y sombrero feliz.
Wednesday, June 06, 2007
Our little one turned 2 on May 27!


We had a fun little party. The toddlers (and some adults too) enjoyed the retro pink and yellow gelatin. The piñata was finally overpowered by the children’s muscle (and a little help from mommy), and the Brazilian goodies really hit the spot at the end, and this is after cake…Even the cactus had a good time showing its once a year short-lived blooms. What fun!
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