
Una de esas raras situaciones en que estas siete mujeres (más algunas de nuestras crías) nos reunimos bajo el mismo techo y detrás del mismo espejito de una cámara (¿o será que las cámaras digitales no llevan espejo? ¡Exijo una explicación!).
Empezando por la izquierda (a fuerza de la inculcada costumbre de lectura occidental), tenemos a Chelo, la hija de Maica, Anaís recostada sobre su mamá, Susana. Luego está Susana (de Lima), nuestra artista visual, video, pintura, artes plásticas, y todo lleno de corazones por todos lados, pero no esos de tarjeta de San Valentín sino los que llevan sangre, arterias, y laten. Para mí Susana es la goma que nos ha pegado desde el comienzo, en la prehistoria de nuestra amistad que comenzó un día en que los astros estaban cruzados y un grupito de desterrados forasteros locos se coincidieron en la misma caverna: Berkeley Adult School. Adoro su don de entablar amistad profunda inmediatamente, y siento que la conozco de toda la vida.
Luego estoy yo, la autora de este blogcillo de pacotilla. Luego viene Gloria (de Santiago), hablando a mil km por hora, capaz de encontrarle siempre el lado irónico y chistoso de todas las cosas, hasta las más patéticas. Una amiga muy solidaria y generosa, aunque escurridiza. Estoy muy feliz de contarla entre mis amigas.
Con Alex, mi hijito, sobre las piernas, está Meche (de Jalapa), a quien conozco desde hace más de 10 años por una ruta diferente, la de Mills College. Con ella he pasado todo tipo de aventuras. Oreja confidente. Paciencia de santa con los niños y tareas meticulosas. Una de esas pocas personas fuera de tu familia con la que puedes contar en las buenas y en las malas. La compañera ideal cuando te dan ganas de ser niña tú también.
Luego está Camilo, hijo de Lisa. De allí viene Pola (de Santiago), la de los rulos salvajes agachada en el piso. Pola me inspira con su arte de vivir, pintar, reír, amar, odiar. Nuestras conversaciones me dejan pensando en la maraña de la vida, en como todo es tan complicado, sentimientos, el camino por el mundo que elegimos o más bien nos elige, y a la vez todo es simple, los días suceden uno tras otro quieras o no. Aprecio mucho su sentido no-común, su amistad, aun más valiosa en el destierro, y me siento siempre feliz en el seno de su hogar.
De allí sigue Maica (de Cataluña), quien ha danzado y cantado a través de tantos momentos cruciales de estos últimos años, en casas, escenarios, sinagoga y patio de mi casa, sobre la yerba y el duro pavimento de las calles. Qué dulce se vuelve la vida cuando tienes al lado a una amiga como ella, sea que estés por dar a luz o que estés protestando la inminencia de la guerra.
La que tiene a mi hija Camille en los brazos es Lisa. Somos amigas desde hace tan sólo 3 años pero parece que fueran mil. Aunque ella nació y creció en este país, es también una desterrada en al Área de la Bahía, su corazón está tanto o más en Guatemala, Perú y el resto del mundo que aquí, lo que la hace perfecta compañera en el destierro, eso y sus muchas cualidades que me da flojera y envidia de narrar. Sé que la amistad no se agradece pero sí el cariño que ella brinda a los niños.
Por último debo decir que en esta foto falta una persona. Una persona a la que minutos antes de tomar esta foto llamamos por teléfono, Lourdes (de Granada). Lourdes también es parte de esta foto porque en los últimos años ella también ha sido parte de esta linda amistad. Lourdes es la perfecta andaluza, quien vive la vida como quien danza un flamenco: apasionada y temperamental. Siempre dispuesta a ayudar, a hacer bochinche, a ir a ver el mar, lluvia o trueno. ¡Qué huella dejó por aquí! La extrañamos.
Estas son mis amigas en el destierro. Aunque nos hemos conocido ya de adultas, de alguna manera también hemos crecido y viajado juntas, no el viaje con maletas sino otro para el que no necesitas nada material: es el viaje hacia adentro de una misma.