Thursday, April 23, 2009

Los Libros Mojados

La lluvia generalmente nos trae ganas. Ganas de salir de caminata con un impermeable y botas de jebe para chapotear en los charcos. Ganas de tomarnos una manzanilla, acurrucados tibiamente en el sofá a ver una película, aunque no haga frío. Pero la lluvia que cayó en octubre 2007 nos trajo a Claude y a mí tremenda agitación al fallar nuestro sistema de drenaje e inundarse nuestro sótano.

Con una panza de 9 meses de embarazo bajaba y subía los resbalosos escalones de la terraza al sótano para salvar lo salvable: juguetes, mantas, muebles antiguos, mientras que Claude luchaba, cual marino cuyo barco hace agua, para mantenernos a flote. Con gran tristeza y ojos humedecidos encontramos libros viejos, compañeros de media vida, flotando a la deriva.

De mis batallones cayeron Vallejo, Valdelomar, y otros. De los de Claude libros de historia medieval y de la segunda guerra mundial.

Tragándome mi nudo en la garganta me dije que eran nada mas cosas materiales de poca importancia. Supongo que Claude pensó igual porque se quejó poco, aunque sus pocos comentarios fueron también tristes y duros. Yo me repetía esa frasecita, “se van los anillos, quedan los dedos”. Decidimos que no valía la pena ponerle mucho afán a la operación de salvataje siendo que la llegada de nuestro nuevo bebé era inminente. Cuando escampó, Pusimos a los desdichados en la baranda de la terraza. Salió el sol y todo parecía ir más o menos bien hasta que unos minutos después comenzó a llover de nuevo; así que hubo que mudarlos dentro de la casa.

Viendo los libros mojados sobre el contador de nuestra pequeña cocina, me encontré pensando lo que pienso desde hace varios años: que el tiempo pasa y no podemos quedarnos atrapados en el pasado. Me dispuse a hacer como lo aconsejan los anglos: “to let it go”. Pero no pude. Me sentí amarga porque me di cuenta de que esos libros tan queridos yacían polvorientos en el último peldaño del estante del sótano mientras que los libros de lustrosa portada, esos que he disfrutado mucho menos, estaban muy al abrigo en el lindo librero de la sala. Sonreí de mi propia hipocresía, de cómo me da urticaria la gente superflua y sin embargo yo también tengo mis detalles de pequeña burguesa, conservando algunos tomos de Faulkner, Tolstoy y otros famosos en mi biblioteca de la sala mientras que guardo en el sótano los libros de poesía de mis amigos, famosos sólo en mi casa pero que tan queridos en mi corazón. Me puse a pensar en que otras cosas también me estará ganando la hipocresía.

Pasó un día y todavía no daba a luz. Al ver a Claude cabizbajo decidí poner mis energías en salvar aquel texto escolar con grabados que lo inició tan tempranamente en el amor a la historia medieval. Página por página le puse papeles secos para que chuparan el agua. Usé revistas, periódicos, anuncios publicitarios. Pronto se me acabaron estos materiales. Otro día y no nacía mi niña. Decidí salvar también a Vallejo.

Detesto recibir correo chatarra pero en esos días esperaba con las ansias de otros tiempos, cuando todavía recibía cartas de amigos, la llegada del cartero y me apresuraba a utilizar los catálogos, cupones, ofertas de tarjeta de crédito y todo papel que se cruzase en mi camino para salvar otro libro más.

Mientras tanto nuestra bebé traía ya una semana de retardo. La adrenalina que había acumulado para enfrentarme al parto se diluía con cada día de espera. Los doctores nos monitoreaban con modernos aparatos y fijaron la fecha para una inducción artificial. Dormía muy mal por la panzota, los interminables viajes al baño y las miles de preguntas sin respuesta de cualquier mujer en mi situación. En esas madrugadas desveladas con la cunita vacía, sacaba los papeles húmedos de nuestros libros mojados y les ponía otros secos, como cambiando cientos de minúsculos pañales.

Nuestra salita, por lo general ordenada, se había convertido en un hospital de libros mojados. Aprendí en esa ciencia que los libros de edición más barata y simple son más fáciles de secar. Los libros mas elegantes, los que tienen páginas lustrosas se pegan y masacotean. Como de costumbre, me encontraba preguntándome por qué no es más simple la vida. Por qué no son más simples los libros, las cajas, las cosas. Recordaba la bodeguita de mi infancia, en donde el azúcar y el arroz se envolvían en papel marrón, arrugándole los bordes. Los translucientes caramelos en grandes pomos de vidrio despertaban la ilusión de los niños. Los conos de papel cometa llenos de cocoliche nunca se derramaban, y los huevos envueltos en papel periódico tampoco se rompían. Vivíamos así con más cuidado y nadie se moría de eso. No hacían falta los ziplocks ni los otros sofisticados embalajes de hoy en día.

Ya casi 10 días de retardo y todavía no daba a luz. Pero en lugar de preparar el ajuarcito, de contar los pijamitas y doblar las colchitas, me dedicaba a secar libros mojados, incluso aquellos que no nos importaban tanto como aquel de George Sand y el otro este que quién sabe de dónde salió. Por fin llegaron bienvenidos los dolores anunciando la proximidad del parto. Pareciera que la pequeñuela estaba esperando a que se salvaran todos los libros para nacer.

Cuando Claude nos condujo de regreso a casa desde el hospital, vi que durante mi ausencia él había sacado a todos los pacientes de la sala y se los encontraba bastante reestablecidos en los estantes. Las letras doradas en los tomos de Faulkner, Tolstoy, y Edgar Alan Poe se habían arrimado un poquito para hacer un campito para algunos otros autores menos conocidos en ediciones “añejas.”

La tragedia del sótano no fue tan trágica para nadie, ni para nosotros, ni siquiera para Vallejo quien debe estar revolviéndose en su tumba, exigiendo su destino de sótano inundado, gimiendo: “Me moriré en Albany, con aguacero…” Resulta que está seco, aunque un poco acordeoneado después del incidente, y se encuentra como siempre: “de codos,” pero esta vez en mi cabecera. Entre teta y teta de la pequeña, le hecho una ojeada a esos queridos poemas.

Tuesday, April 07, 2009

Dear abandoned blog:

Yes you are a victim of facebook and of email, but also of the fullness of life, of the laughs and tiers of children, of the hissing and blending noises in the kitchen, the rush of wine and other liquids down the throat, time spent with family and friends, the occasional so welcomed escapade abroad, the brushing of trees at Tilden and Yosemite, the Limantour crashing wave, the battles for supremacy on the rugged geography of the Monterey market, wonderful inconsequential chitchat with the neighbors while the children wreak havoc on the sidewalks of our small town, hopeless wars against garden weeds and house dust, all of the small things that make the lives of small people worth living. You are indeed a victim, as it is my diary, which deserves no longer its title. My preferred methods of communication these days is by dreams and good vibes.